
Claire se sonrojó intensamente. Estaba tan poco acostumbrada a los cumplidos, que no supo cómo tomarse aquél.
– ¿Qué te ha traído por aquí? -le preguntó Will.
Claire vaciló un instante. No quería decirle la verdad.
– Una historia familiar -le respondió rápidamente-. Mi abuela, Orla O'Connor, vino a la isla hace muchos años. Me habló de ella y decidí venir a conocerla.
– En realidad, no hay mucho que ver -contestó Will-. Hay algunas tiendas en el pueblo y un círculo de piedras en el oeste de la isla. Pero la mayor parte de la gente viene por el manantial del Druida.
– Sí, mi abuela también me habló de él -alzó la mirada y le descubrió mirándola fijamente.
– Más allá del círculo de piedras, es lo único que le da alguna fama a Trall.
– Tenía entendido que también tú eras famoso. Por lo menos eso es lo que me dijo el capitán Billy.
– Eso son tonterías -replicó Will-. En cuanto a lo de manantial, es una leyenda estúpida que trae turistas a la isla. Por eso nadie la discute.
– Pero todo el mundo la conoce.
– Supongo que sí -dijo Will-. Todo el mundo saca algún beneficio de ella. No somos muchos habitantes en la isla, así que agradecemos las visitas. Ahora mismo sólo viven aquí unas quinientas personas. Somos como una gran familia. Una familia un tanto disfuncional, pero familia al fin y al cabo -le tendió un plato con un sándwich y una taza de sopa-. ¿Te gusta la cerveza? También tengo vino, o agua.
– Prefiero una cerveza -contestó Claire.
Will abrió una botella y se la colocó delante, después abrió otra, y bebió un largo trago. Tenía unas manos bonitas. Claire siempre había pensado que las manos aportaban mucha información sobre un hombre. Tenía los dedos largos, la clase de dedos capaces de acariciar a una mujer, de danzar sobre su cuerpo hasta hacerle…
