
La posada estaba en completo silencio mientras bajaba las escaleras. El fuego crepitaba en la chimenea del salón, que cruzó buscando el comedor. Pero cuando lo encontró, lo descubrió vacío y a oscuras.
– He pensado que podríamos comer en la cocina. Hace más calor que aquí.
Claire alzó la mirada y descubrió una silueta en sombras en el marco de la puerta. El corazón se le aceleró en el pecho y maldijo para sí por aquella reacción. Muy bien, reconoció, definitivamente, había chispa entre ellos. Pero eso no quería decir que hubiera que provocar un incendio.
– Por supuesto. Y gracias.
– ¿Gracias por qué?
– Por haberme invitado a cenar.
– Todavía no has probado mi comida -contestó él riendo.
A diferencia del resto de la casa, la cocina era una habitación luminosa y moderna, con encimeras de granito y electrodomésticos de acero. Pero una antigua chimenea de piedra albergaba un fuego resplandeciente alimentado con turba. Claire se acercó hasta la chimenea y extendió las manos.
– ¿Por qué hace tanto frío aquí? Los inviernos de Chicago son terribles, pero nunca he pasado tanto frío.
– Vivimos rodeados de mar. Es la humedad -le explicó Will. Sacó un taburete de debajo de la mesa que ocupaba el centro de la cocina e hizo un gesto con la cabeza-. Siéntate.
Claire se sentó en el taburete y miró a Will, que comenzó a moverse por la cocina. Se alegró de ver que se había limitado a preparar unos sándwiches.
– ¿Siempre cocinas para los huéspedes? -le preguntó.
Will negó con la cabeza.
– Nunca. Guando tenemos huéspedes, Kalie Kelly se encarga de preparar los desayunos. No servimos más comidas.
Claire apoyó la barbilla en la mano.
– ¿Entonces por qué lo estás haciendo ahora?
Will alzó la mirada hacia ella y le dirigió una sonrisa devastadora.
– Después de todo lo que has pasado hoy, imaginaba que lo necesitabas. Y la única alternativa que tenías era ir al Jolly Farmer, un pub ruidoso, cargado de humo y lleno de tipos que no han visto a una mujer tan guapa como tú desde hace años.
