Claire siempre había planificado minuciosamente su vida: había encontrado al hombre que creía perfecto para ella, tenía trabajo en la mejor agencia de publicidad de la ciudad y vivía en un apartamento situado en uno de los barrios más modernos de Chicago. Cuidaba su dieta y hacía ejercicio religiosamente cuatro días a la semana. Incluso realizaba trabajo voluntario en una escuela un día a la semana. ¿Cómo era posible entonces que su vida hubiera llegado al lamentable estado en el que se encontraba en tan poco tiempo?

«Las desgracias nunca vienen solas», le había dicho su abuela, y le había ofrecido la que parecía una solución sencilla. Lo primero que tenía que hacer era recuperar el amor de su novio. El resto iría resolviéndose poco a poco. Y cuando Claire le había preguntado por la manera de hacerlo. Orla ya tenía la respuesta: un viaje a la isla de Trall resolvería sus problemas.

– Y aquí estoy -musitó para sí.

El capitán maniobró con destreza en un muelle vacío. Cuando chocó contra los pilotes de madera, saltó del barco y aseguró las cuerdas. A continuación, ayudó a Claire a sallar al muelle. Unos segundos después. Claire tenía el equipaje a sus pies.

– El barco sale el lunes y el viernes a las doce. Puede regresar conmigo o hacerlo en el ferry, que hace tres viajes al día.

– ¿Por dónde se va a la posada? -le preguntó Claire.

– Está a una milla de aquí por la carretera -le indicó Billy, señalando hacia el norte. Alzó la mirada hacia el cielo-. Y será mejor que se dé prisa. Parece que va a llover.

– ¿No encontraré ningún taxi?

En aquella ocasión. Billy miró el reloj.

– Bueno, cuando se espera que llegue algún huésped, suele haber taxis esperando. Pero usted no ha anunciado su llegada, ¿verdad? Dougal Fraser es el taxista de la isla, pero ya son casi las cuatro. Me temo que a estas alturas se estará tomando la segunda pinta en el pub. El pub está justo allí, se llama Jolly Farmer.



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