
– ¿Y no podría llevarme usted?
– No. no. no. Eso sería meterme en el terreno de Dougal y a él no le haría ninguna gracia. Además, yo siempre dejo el coche en la península. En esta isla no hay ningún lugar a donde ir.
– ¿Entonces tengo que recorrer una milla con el equipaje?
– Oh, estoy seguro de que en seguida aparecerá alguien y se ofrecerá a llevarla. Lo único que tiene que hacer es hacer algún gesto cuando vea pasar un coche. Vamos, le enseñaré el camino -se acercaron hasta el final del muelle y Billy señaló una casa blanca situada en una esquina de una calle empedrada-. Vaya por allí recto y pregunte por Dougal en el pub. Y corra, no se vaya a mojar.
La que en un principio era solamente una lluvia ligera comenzó a hacerse más fuerte cuando Claire llegó a la puerta del pub. Una vez allí, se secó los ojos y entró. Tardó algunos segundos en acostumbrarse a la penumbra del interior, pero cuando lo hizo, vio a un camarero y a dos clientes mirándola con curiosidad.
– Estoy buscando a Dougal Fraser -les explicó Claire.
Will Donovan echó otro montón de turba en la chimenea del salón de la posada y fijó la mirada en las llamas. La turba prendió, enviando una bienvenida ráfaga de calor al salón.
– Ponme otro whisky -musitó Sorcha, mirándole fijamente a través de su melena cobriza.
Will miró por encima del hombro y la vio acurrucada en el sofá, alargando hacia él un vaso de cristal y curvando los labios en una sonrisa que conocía demasiado bien. Era la misma sonrisa que había utilizado con gran éxito con muchos hombres: conseguía hechizarlos hasta dejarlos absolutamente indefensos ante sus encantos, Will ya se había convertido en su presa cuando había vuelto a la isla, tres años atrás. Durante aquel verano, se había entregado a una breve, pero apasionada aventura con Sorcha.
