

Lee Child
El Enemigo
Jack Reacher 8
The Enemy, 2004
Dedicado a la memoria de Adele King
1
Grave como un ataque cardíaco. Quizás ésas fueron las últimas palabras de Ken Kramer, como una explosión final de pánico en su cabeza mientras dejaba de respirar y se precipitaba en el abismo. No estaba donde debía ni por asomo, y él lo sabía. Estaba donde no debía estar, con alguien de todo punto inadecuado y llevando consigo algo que tenía que haber guardado en un lugar más seguro. Se encontraba en el momento culminante de su juego. Seguramente sonreía, hasta que lo traicionó el repentino golpazo dentro del pecho. Y todo dio un vuelco. El éxito se convirtió en catástrofe. Ya no tenía tiempo de enderezar las cosas.
Nadie sabe cómo es un ataque cardíaco mortal. No hay supervivientes para contárnoslo. Los médicos hablan de necrosis y coágulos, falta de oxígeno y vasos sanguíneos ocluidos. Sugieren rápidas e inútiles palpitaciones, o si no nada de nada. Se valen de palabras como infarto y fibrilación, aunque esos términos no significan nada para nosotros. Deberían decir que te caes muerto y ya está. Y eso es lo que le pasó a Ken Kramer, sin duda. Tan sólo se cayó muerto y se llevó sus secretos a la tumba; y el lío que dejó atrás casi me mata a mí también.
Me hallaba solo en un despacho que no era mío. En la pared había un reloj que no tenía segundero. Sólo las manecillas de las horas y los minutos. Era eléctrico. No hacía tictac. Era totalmente silencioso, como la habitación. Yo observaba con atención el minutero. No se movía.
Esperé.
La manecilla se movió. Recorrió seis grados de golpe. Su movimiento era mecánico, amortiguado y preciso. Saltó, tembló un poco y se paró.
