Un minuto.

«Uno fuera, uno me queda.»

«Sesenta segundos más.»

Seguí mirando. El reloj se quedó quieto un largo, larguísimo rato. De pronto la manecilla volvió a saltar. Otros seis grados, otro minuto, justo medianoche, y 1989 pasaba a ser 1990.

Aparté la silla hacia atrás y me puse en pie detrás de la mesa. Sonó el teléfono. Imaginé que alguien iba a desearme feliz año. Pero no. Era un policía civil para comunicar que había un soldado muerto en un motel a cincuenta kilómetros de su puesto.

– He de hablar con el oficial de servicio de la Policía Militar -dijo.

Volví a sentarme a la mesa.

– Yo mismo -repliqué.

– Tenemos a uno de los suyos. Muerto.

– ¿Uno de los míos?

– Un soldado -aclaró.

– ¿Dónde?

– En un motel, en la ciudad.

– ¿Cómo ha muerto? -pregunté.

– Un ataque cardíaco, lo más probable.

Hice una pausa. Volví la hoja del calendario del ejército que había sobre la mesa; el 31 de diciembre dio paso al 1 de enero.

– ¿Algo sospechoso? -inquirí.

– No hemos visto nada.

– ¿Ha visto antes ataques cardíacos?

– Montones.

– Muy bien -dije-. Llame al cuartel.

Le di el número.

– Feliz Año Nuevo -dije.

– ¿No tiene que venir usted? -preguntó.

– No.

Colgué. No tenía por qué ir. El ejército es una institución grande, algo más grande que Detroit y algo menos que Dallas, y tan poco sentimental como una u otra. Sus efectivos constan de 930.000 hombres y mujeres, tan representativos de la población norteamericana como uno quiera. En Estados Unidos, el índice de mortalidad es aproximadamente de 865 por 100.000 habitantes, y si no hay combates, los soldados no mueren en una proporción mayor ni menor que la gente corriente. En general son más jóvenes y están en mejor forma que las personas normales, si bien fuman y beben más y comen peor y están sometidos a una tensión mayor y en la instrucción hacen toda clase de cosas peligrosas.



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