
Registré el armario. Había un uniforme de clase A, pulcramente dispuesto en tres colgadores, los pantalones plegados en la barra del primero, la chaqueta en el de al lado, y en el tercero la camisa. La corbata estaba aún en el cuello de la camisa. En un estante encima de los colgadores había una gorra de oficial. Llena de galones dorados. A un lado se veía una camiseta blanca doblada, y al otro unos calzoncillos blancos.
En el suelo del armario había un par de zapatos junto a un portatrajes de lona de un verde apagado, cuidadosamente apoyado contra el fondo. Los zapatos eran de charol, y dentro tenían calcetines enrollados. El portatrajes tenía estropeados los refuerzos de cuero en los puntos de presión. No estaba muy lleno.
– Les enviaremos los resultados -dije-. Nuestro forense les hará llegar una copia sin añadidos ni supresiones. Si hay algo que no les gusta, les devolveremos la pelota; sin preguntas.
Stockton no dijo nada, pero no percibí hostilidad alguna. Algunos polis civiles se enrollan bien. Una base grande como Bird provoca muchas reacciones en el mundo civil circundante. Por tanto, los PM pasamos mucho tiempo con nuestros homólogos civiles, y a veces esto es un coñazo y a veces no. Tenía la sensación de que Stockton no iba a dar problemas. Parecía un tipo tranquilo. O sea, un tanto perezoso, y a la gente perezosa siempre le encanta pasar sus responsabilidades a otros.
– ¿Cuánto? -dije.
– Cuánto ¿qué?
