
– ¿El tío de recepción la vio?
Stockton volvió a sonreír.
Lo miré. Entonces comprendí. «Un tugurio barato cerca de un cruce de autopistas con una parada de camiones y un bar de striptease, a cincuenta kilómetros al norte de una base militar.»
– Era una puta -señalé-. Por eso lo han encontrado. El de recepción la conocía. La vio salir demasiado pronto, sintió curiosidad por saber el motivo y vino a echar una ojeada.
Stockton asintió.
– Nos llamó enseguida, pero la dama en cuestión ya se había esfumado, naturalmente. Por lo demás, él niega haberla visto jamás. El tipo pretende que éste no es un sitio de esa clase.
– ¿Su departamento ha tenido otros casos por aquí?
– Alguna vez. Es un sitio de esa clase, créame.
«Controla la situación», había dicho Garber.
– Ataque cardíaco, ¿de acuerdo? -dije-. Nada más.
– Seguramente. Pero para estar seguros hace falta la autopsia.
La habitación estaba tranquila. No se oía nada salvo la radio de los coches patrulla y la música del bar al otro lado de la calle. Volví a fijarme en la cama. Observé la cara del muerto. No le conocía. Miré sus manos. En la derecha llevaba un anillo de West Point y en la izquierda una alianza de matrimonio, ancha, vieja, seguramente de nueve quilates. Le miré el pecho. Tenía las placas de identificación ocultas bajo el brazo derecho, por donde había extendido éste para asirse el izquierdo. Levanté el brazo a duras penas y las saqué. Las alcé hasta que la cadena quedó tirante alrededor del cuello. Se llamaba Kramer, católico, grupo sanguíneo O.
– Podemos ocuparnos de la autopsia -sugerí-. En el Centro Médico del Ejército Walter Reed.
– ¿Fuera del estado?
– Es un general.
– Quiere echar tierra sobre el asunto.
– Así es. ¿No haría usted lo mismo?
– Seguramente -dijo.
Solté las placas de identificación, me aparté de la cama y examiné las mesillas de noche y la encimera empotrada.
