

Fernando Schwartz
El Engaño De Beth Loring
© Fernando Schwartz, 2000
En las repúblicas fundadas por nómadas, es indispensable
el concurso de forasteros para todo lo que sea albañilería.
Jorge Luis Borges, El Aleph
PRIMERA PARTE
I
Sentada sola en la delantera del palco, Lavinia de Lorena Buonarroti (de Meckelburgo-Premnitz Lorena, en realidad, pero ella prefería usar la forma simplificada del apellido) parecía una reina. Se mantenía muy erguida, las manos descansando en el regazo, y miraba hacia el escenario con la discreta distinción y elegancia que irradiaba en todas las cosas. En la penumbra de la gran sala atestada de público, la luz de la escena, reflejándose indirectamente en el palco del proscenio, la iluminaba de tal modo que se hubiera dicho que nadie más ocupaba la platea del Liceo. El amplio escote de su traje de noche realzaba sus hombros blanquísimos, las clavículas apenas marcadas sobre la piel, la suave curva de sus pechos. Una espectacular gargantilla de brillantes y esmeraldas adornaba su largo y delicado cuello. Se había recogido el pelo en un moño que parecía estirar sus ojos de gacela hacia las sienes.
En esta velada triunfal del teatro, del mundo de la ópera, Lavinia era la rosa única de pitiminí, blanca, frágil, bellísima. Con el arreglo de gardenias puesto delante de ella sobre el acolchado de terciopelo rojo que remataba los cegadores dorados del palco, verdaderamente parecía una reina. Hubiera podido afirmarse (y más de un republicano de la burguesía nacionalista lo pensó con satisfacción íntima) que Lavinia eclipsaba a los mismísimos ocupantes del palco real, llegados expresamente de Madrid para asistir a la gala.
