
Gaddo Buonarroti, su marido, cantaba Turandot en la mágica noche de la reinauguración del Liceo de Barcelona, reconstruido con milimétrica precisión, idéntico palco a palco, butaca a butaca, foyer a escalinata, a como era el teatro cuando casi seis años antes un horroroso incendio lo había reducido a un montón de cenizas. Ahí estaba, fastuoso, pletórico de orgullo y elegancia, el Liceu, tan incómodamente encajado en la Rambla y, sin embargo, tan excelente símbolo de la riqueza y de los afanes de la cultura catalana.
Lavinia recordaría siempre aquel 7 de octubre de 1999, no por la esplendorosa actuación del Buonarroti, puesto que se daba por descontada, sino, sobre todo, porque al sentarse en el palco tuvo la intuición poderosa de saberse… no, de saberse, no: de ser la protagonista de la velada. Más protagonista que los centenares de mujeres elegantes, importantes y ricas que habían acudido al Liceo, más que la Casa Real, más que la celebérrima soprano Turandot de aquel día o que la enternecedora Liù, incluso más que la vanidosa (el calificativo es de Lavinia) directora escénica.
Para Lavinia, aquella era su noche, la noche de su victoria: había llegado por fin a donde siempre quiso estar. Y resulta interesante y revelador de su carácter que ese sentimiento vanidoso y soberbio, justificadamente vanidoso y soberbio, apenas se trasluciera en una delicada sonrisa. La sonrisa de la reina Lavinia de Mec-kelburgo-Premnitz Lorena.
Los periódicos del día siguiente salieron a la calle con páginas y páginas de fotografías, cuidando de no ofender a nadie, de no olvidar a nadie, a las esposas de sus propietarios, a las de los capitanes de empresas, a los capitanes de empresas, a los políticos, a los cantantes. A los reyes, por supuesto. Pero fue a Lavinia a quien todos destacaron con entusiasmo sin límites.
En realidad, parece más justo afirmar que fueron ambos, marido y mujer, quienes acapararon la atención de la noche. Porque Gaddo Buonarroti era (y es)
