A Beth empezaba a irritarle la vaguedad, tan enternecedora hasta entonces, con que Jim se paseaba por la vida: nada quedaba nunca definido en demasía, los planes jamás se formulaban para siempre, las decisiones por lo general se tomaban una noche con el acaloramiento que dan las cervezas y la ginebra para ser cambiadas al día siguiente porque con la resaca había aparecido alguna solución alternativa, más atractiva y menos exigente para con la voluntad.

Jim era un chico guapo, de familia rica del este, y sólo se le notaba la debilidad de carácter en la mandíbula algo triangular y huidiza. Pero era alto y rubio, un ivasp -blanco, anglosajón y protestante- que ahora llevaba el pelo largo, como Cristo, y una perilla algo bíblica también.

Había sido pan comido para Beth: un dipsómano culto tiene pocas oportunidades de resistirse al encanto de una hetaira decidida, por más que primitiva y prejuiciada. Beth no tenía dinero; su único capital eran el encanto sensual, una gran capacidad de juerga y una voluntad feroz de encontrarse un marido. «Bueno -dijo Carmen-, eso es lo que suele caracterizar a un putón, ¿no?» «El caso -dijo Tono- es que por una vez Jim se quiso salir con la suya y, por lo que no sé quién me contó después, estaba decidido a mantener su empeño de irse a Europa.»

Y aquella tarde, sentados en la hierba del campus de Berkeley, Beth tuvo que enfrentarse por primera vez a este inexplicable empecinamiento por parte de su marido.

– No, no -dijo Jim-. Creo que me gustaría ir a Europa una temporada…

– A Europa una temporada -contestó Beth con tono reflexivo. Y luego con irritación-: ¿Cómo a Europa una temporada? ¿Cuánta temporada?

– No sé, Beth. Una temporada. Un tiempo… Para que Flower empiece a acostumbrarse a vivir fuera de América… no sé. América se va al infierno -repitió con terquedad.

– América es el mejor país del mundo. Lyndon Johnson lo meterá en una guerra pero siempre será una guerra lejos de aquí, ¿eh? ¿Para qué quieres que nos marchemos entonces? -Beth siempre daba sus argumentos por probados y eso había derrotado a Jim una y otra vez. Pero no en esta ocasión.



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