«¿Pero no íbamos a irnos a Washington porque tú querías hacer el doctorado en la escuela de estudios internacionales? ¿Y tu carrera diplomática? ¿No íbamos a ser diplomáticos?»

Jim se encogió de hombros.

Habían empezado a vivir juntos algo más de tres años antes, al quedar Beth Loring embarazada de Flo-wer. Jim entonces acababa de empezar la universidad. Beth era mucho mayor que él, probablemente siete u ocho años mayor. Había llegado de Australia atraída por el fuego fatuo de la California liberal y, se rumorea («bueno, se rumorea; no hay más que verla», dijo Carmen), impelida por algún escándalo de costumbres que habían aconsejado su marcha precipitada de Sydney (extremo éste del que las comadres tuvieron noticia sólo años más tarde).

Viéndolos juntos, cualquier admirador de la armonía conyugal habría dicho «he aquí dos personalidades incompatibles». Y, sin embargo, precisamente hasta que decidieron marcharse de América, hasta que Jim decidió que se iban, habían sido una pareja bien avenida.

A veces el alcohol, sobre todo si consumido al unísono, obra milagros como catalizador de la buena marcha de un matrimonio. Pero sólo a veces, porque hay otras ocasiones, las más, en las que, evaporadas las inhibiciones, afloran los rencores y las cuentas que ajustar. Y rencores y cuentas permanecen cuando se desvanece la neblina del alcohol: las cosas dichas y las irritaciones casi nunca se volatilizan con la buena voluntad recuperada. «Pero Beth bebía poco», dijo Tono. «Eso lo dirás tú», dijo la Pepi, que había acabado conociéndola mejor que nadie.

Todo esto viene porque, pese a que Beth y Jim hicieran buena pareja, se encontraban en un período que pudiéramos llamar de transición de una cosa a otra. Estaban a un paso de llevarse fatal.



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