
– Es suficiente -dijo.
Salieron del cuarto y se lavaron las manos en una jofaina que sujetaba una doncella.
– ¿Qué opina? -dijo el doctor.
– Mal asunto. ¿Recuperará la cordura?
– No cuente con ello, al menos a corto plazo. Ese hombre ha sufrido mucho, ya lo ha visto, y su mente decidió irse de aquí, quizá a un lugar mejor.
– ¿Qué podría hacerse?
– En mi humilde opinión de médico de cabecera y siguiendo lo que me dicta el sentido común, yo aconsejaría que permaneciera en casa, tranquilo, bien alimentado y recibiendo el cariño de su esposa, buenos cuidados, pero…
– ¿Sí?
– Ese cura se ha tomado este asunto como algo personal, quiere llevarlo a un convento. Mientras usted ha ido a recuperar las ropas me lo he cruzado en el pasillo y me lo ha dicho. ¿Se da cuenta? ¡A un convento! Allí se volverá loco.
– ¡No será posible!
– Como lo oye, y doña Huberta parece escucharle.
– Pero eso es lo peor que podrían hacerle. Manifiesta una clara fobia a los símbolos de la Iglesia.
– Son gente religiosa, don Víctor, creen que así volverá a ser lo que era.
– ¿Y la espuma? La de la boca.
– Me temo que esos ataques han debido de activar un foco epiléptico latente. Peo asunto.
Llegaron al recibidor y Víctor se encontró con don Alfredo:
– Doña Huberta está histérica y el enfermo duerme, Alfredo, quizá deberíamos irnos a descansar y a reordenar nuestras ideas. Esto es una jaula de grillos.
– Creo que tienes razón, Víctor. Vayamos a tomar el aire.
Salieron de la casa sin despedirse y con el ánimo sombrío.
Comenzaba una nueva jornada y Víctor y don Alfredo desayunaban en sus habitaciones privadas examinando la prensa en detalle:
– ¡Maldición! Lo han sacado todo en primera plana -exclamó Ros al comprobar que el Diario de Barcelona se hacía eco del suceso con todo lujo de detalles.
