
– Ayúdeme -dijo el médico a la chica subiendo la manga del camisón a don Gerardo. Le pusieron otra inyección para que durmiera.
Víctor observó que sobre la cama, en la pared, se veía una marca en la pintura dejada por un crucifijo. Faltaban varios cuadros de las paredes que, sin duda, representaban la vida y milagros de santos, vírgenes y demás motivos religiosos que tanto enfurecían ahora al doliente. Era algo extraño, la verdad, o al menos él no conocía un caso igual. A Víctor le pareció que aquel hombre debía de haber sufrido mucho. Lo habían afeitado y olía bien, a loción y colonia. El médico le subió el camisón y, girándolo un poco, alumbró con una lámpara de queroseno.
Víctor inspeccionó las marcas. Su otrora mentor, don Alberto Aldanza, le había enseñado a distinguir qué herramientas provocaban los distintos tipos de herida, así que sentenció:
– Un cuchillo, sin dientes, quizá una navaja. Lo hizo un diestro. Parecen estar cicatrizando. No son recientes.
El galeno lo miró sorprendido.
Víctor echó un vistazo a los tobillos del infortunado:
– Lo ataron. -Luego le tomó las muñecas-. De pies y manos. Una maroma, gruesa. Le arrancaron dos uñas. Qué bestias. Dios, le han quemado los genitales. Y mire, esos pliegues en la tripa y aquí en la cara interna de los muslos. Este hombre ha perdido mucho peso, no le dieron apenas de comer, eso es seguro. Qué inhumano. ¿Ha comido algo?
– No -dijo la enfermera.
– Ya -repuso Ros, quien siguió con la inspección y le levantó el labio superior como se hace para examinar a un caballo-. Le faltan varias piezas. Acerque la lámpara, don Federico.
Mire allí, al fondo, tiene una muela partida, con la corona rota. Un objeto romo, quizá el pomo de un bastón. Observe aquí: moretones en la mandíbula y en el ojo, y cortes en el pómulo. Este puñetazo es de un diestro, llevaba un anillo, grueso.
Se hizo un silencio y Víctor quedó, una vez más, pensativo.
