
– ¿Tanto odia la reina a Gisela? -A Rathbone le costaba imaginarlo. Algo muy hondo debía existir entre las dos mujeres para que una odiara a la otra lo suficiente como para negarle el regreso, aunque eso significase la posible victoria de los partidarios de la independencia.
– Sí, la odia -respondió Zorah-. Pero creo que no lo comprende usted bien, al menos no del todo. La reina cree que Gisela no se uniría a la causa. No es tonta, ni una mujer que anteponga los sentimientos personales, sean cuales sean, al deber. Creí haberlo explicado ya. ¿Duda de mí?
El se movió un poco en el asiento.
– Sólo creo las cosas de manera provisional, señora. Parecía una contradicción. No obstante, continúe. ¿Quién más estaba allí, aparte del príncipe Friedrich y la princesa Gisela, el conde Lansdorff y, por supuesto, usted?
– El conde Klaus von Seidlitz acudió con su esposa, Evelyn -continuó.
– ¿Cuál es su postura política?
– Estaba en contra del regreso de Friedrich. Creo que no se ha pronunciado en cuanto a la unificación, pero no creía que Friedrich pudiera retomar la sucesión sin causar grandes revueltas y, tal vez, incluso la división civil, lo cual sólo podría beneficiar a nuestros enemigos.
– ¿Y tenía razón? ¿Podría desencadenarse una guerra civil?
– ¿Más armas para lord Wellborough? -replicó Zorah con rapidez-. No lo sé. Creo que el resultado más probable habría sido la desunión interna y la indecisión.
– ¿Y su esposa? ¿A quién le es leal?
– Sólo a la buena vida.
Era un juicio severo, y la expresión de su rostro no lo suavizó.
– Comprendo. ¿Quién más?
– La baronesa Brigitte von Arlsbach, a quien la reina había escogido en un principio como esposa para Friedrich antes de que renunciara a todo por Gisela.
