
Rathbone se estremeció.
– Me ha pedido realismo -señaló ella-. ¿O entra eso dentro de la categoría de las sensaciones? Parece usted conmovido, sir Oliver. -Esta vez sus ojos mostraban una descarada diversión.
No estaba dispuesto a expresarle la repugnancia que sentía. Wellborough era inglés. Rathbone se avergonzaba profundamente de que un inglés se alegrara de sacar beneficio de la matanza de personas siempre que no le afectaran directamente. Existían toda clase de complicados argumentos que hablaban de necesidad, fatalidad, elección y libertad. Aún así, beneficiarse de aquello le parecía repulsivo. Pero no podía decírselo a esa extraordinaria mujer.
– Representaba el papel del jurado -dijo con serenidad-. Ahora vuelvo a ser consejero. Continúe con la lista de invitados, si tiene la bondad.
Zorah se relajó.
– Por supuesto. Estaba Rolf Lansdorff, como le he dicho antes. Es el hermano de la reina, y tiene un inmenso poder. Siente un considerable desprecio por el príncipe Waldo. Piensa que es débil y habría preferido que Friedrich regresara; sin Gisela, por supuesto. Aunque no estoy segura de que piense así por propia voluntad o porque tiene en cuenta que Ulrike no lo permitiría; a fin de cuentas, es ella la que lleva la corona, no él.
– ¿Y el rey?
Ahora su sonrisa era genuinamente divertida, cercana a la risa.
– Creo que hace mucho tiempo, sir Oliver, que el rey no se opone a los deseos de la reina. Ella es más inteligente que él, pero él es lo bastante inteligente como para ser consciente de ello. Y en la actualidad está demasiado enfermo para luchar a favor o en contra de nada. Lo que quiero decir es que Rolf no es de la realeza. Y, aunque está muy cerca, hay una enorme diferencia entre una cabeza coronada y una que no lo está. Cuando exista la suficiente voluntad y se llegue a la lucha, Ulrike ganará; Rolf es demasiado orgulloso como para dar comienzo a una batalla que acabará perdiendo.
