
– Pues hágala pasar, Simms -ordenó Rathbone. No había necesidad de sorprenderse por la visita de una condesa. No era la primera dama con título nobiliario que buscaba consejo en esas oficinas, y tampoco sería la última. Se puso en pie.
– Muy bien, sir Oliver. -Simms se volvió para hablar con alguien a quien Rathbone no podía ver y, segundos después, una mujer entró en el despacho. Lucía un vestido negro y verde de crinolina, con un aro tan pequeño que apenas merecía ese nombre, y caminaba de un modo tal que podía pensarse que había desmontado de un caballo hacía sólo un momento. Iba sin sombrero, y la melena, que había recogido en un moño suelto, estaba cubierta con una red de chenilla negra. No llevaba puestos los guantes, sino que los sostenía de forma distraída en una mano. Tenía una estatura media, hombros anchos y estaba más delgada de lo aconsejable en una mujer. Sin embargo, era su rostro lo que sorprendía y llamaba la atención. La nariz era un poco demasiado grande y larga, la boca era delicada sin ser hermosa, los pómulos eran muy altos y los ojos estaban muy separados, cubiertos por unos pesados párpados. Su voz era grave, con un ligero acento, y poseía una dicción muy bonita.
– Buenas tardes, sir Oliver. -Se quedó de pie, inmóvil, en el centro de la habitación. Sin molestarse en contemplar la estancia, miró directamente a Rathbone con ojos vivos y curiosos-. Me han demandado por calumnia. Necesito que me defienda.
Nunca nadie se había dirigido a Rathbone con tanta osadía ni con tanta franqueza. Si le había hablado de ese modo a Simms, no era de extrañar que éste se hubiese sorprendido.
– Desde luego, señora -dijo él con soltura-. ¿Querría tomar asiento y explicarme los pormenores? -Le indicó la espléndida silla tapizada en cuero verde que había frente al escritorio.
Ella permaneció de pie.
– Es muy sencillo. La princesa Gisela… ¿Sabe usted de quién se trata? -Enarcó las cejas. Rathbone vio entonces que sus extraordinarios ojos eran verdes-. Sí, seguro que lo sabe. Bien, pues me acusa de haberla calumniado, y no es cierto.
