Rathbone también seguía de pie.

– Comprendo. ¿Qué la acusa de haber dicho?

– Que asesinó a su marido, el príncipe Friedrich, príncipe heredero de mi país, quien abdicó para casarse con ella. Murió la pasada primavera tras un accidente de equitación, aquí en Inglaterra.

– Y, por supuesto, usted no dijo tal cosa.

La condesa alzó un poco la barbilla.

– ¡Claro que sí! Pero, según la ley inglesa, si algo es cierto, decirlo no es una calumnia, ¿verdad?

Rathbone se la quedó mirando. Parecía estar del todo tranquila y serena y, sin embargo, lo que acababa de decir era escandaloso. Simms no debería haberla dejado pasar. Evidentemente, estaba desequilibrada.

– Señora, si…

Ella se dirigió hacia la silla verde y se sentó, arreglándose la falda de forma distraída para dejarla en una posición satisfactoria. No apartó la mirada del rostro de Rathbone.

– La verdad sirve como defensa según la ley inglesa, ¿no es así, sir Oliver? -insistió.

– En efecto -admitió él-. Pero uno está obligado a demostrar la verdad. Si carece de pruebas que demuestren su postura, el mero hecho de afirmarlo es volver a calumniar. Claro que no se requiere el mismo grado de veracidad que en un caso penal.

– ¿Grado de veracidad? -inquirió ella-. Las cosas son ciertas o falsas. ¿Qué grado de veracidad necesito?

Rathbone regresó a su asiento, se inclinó un poco hacia adelante sobre el escritorio y procedió a explicarse.

– En las teorías científicas resulta imprescindible aportar pruebas que eliminen todo tipo de dudas; habitualmente esto se consigue demostrando que cualquier otra teoría es imposible. En los casos de culpabilidad penal hay que aportar pruebas que estén más allá de toda duda razonable. Éste es un caso civil y será sopesado en la balanza de las probabilidades. El jurado escogerá el argumento que considere más probable.



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