– ¿Eso es bueno para mí? -Preguntó la condesa sin rodeos.

– No. A ella no le resultará muy difícil convencerles de que la ha calumniado. Debe demostrar que usted dijo lo que dijo y que al hacerlo su reputación se ha visto perjudicada. Esto último no será muy complicado.

– Y tampoco lo primero -replicó ella con una leve sonrisa-. Lo he dicho en repetidas ocasiones, y en público. Mi única defensa es que lo que dije es cierto.

– Pero ¿puede demostrarlo?

– ¿Más allá de toda duda razonable? -inquirió la condesa, abriendo mucho los ojos-. Todo depende de lo que considere razonable. Yo estoy bastante convencida de que lo hizo.

Rathbone se retrepó en su asiento, cruzó las piernas y sonrió con cortesía.

– Pues convénzame a mí también, señora.

La condesa echó de pronto la cabeza hacia atrás y estalló en una carcajada, un sonido rico y gutural que brotaba con delectación.

– ¡Creo que usted me gusta, sir Oliver! -Recobró con dificultad el aliento y la compostura-. Es usted terriblemente inglés, pero estoy segura de que será para bien.

– Desde luego -arguyó él con precaución.

– Faltaría más. Todos los caballeros ingleses deberían ser correctamente ingleses. ¿Quiere que lo convenza de que Gisela asesinó a Friedrich?

– Si es tan amable -pidió Rathbone con fría formalidad.

– ¿Y entonces aceptará el caso?

– Tal vez. -Bien mirado, el asunto parecía absurdo.

– Es usted muy cauteloso -dijo ella en tono divertido-. Muy bien. Comenzaré por el principio. Supongo que es lo que desea. No puedo imaginarle a usted empezando por ningún otro sitio. Personalmente, preferiría comenzar por el final; de ese modo resulta mucho más fácil de entender.

– Comience por el final si lo prefiere -se apresuró a decir Rathbone.

– ¡Bravo! -La condesa hizo un gesto de aprobación con la mano-.



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