
– Debe comprender que nuestro país es muy pequeño -continuó ella. Sus labios delataban el placer que sentía al advertir el escepticismo de Rathbone pero, con todo, su voz también revelaba apremio, como si a pesar de entender su postura le importara sobremanera que él le creyera-. Está situado en medio de los estados germánicos. -Su mirada no se apartaba del rostro del abogado-. Por todas partes nos rodean otros protectorados y principados. Es un período de gran agitación para todos. Igual que para gran parte de Europa. Pero, al contrario que Francia o Inglaterra o Austria, nosotros nos enfrentamos a la posibilidad, lo queramos o no, de pasar a formar parte del gran estado alemán. A algunos les gusta la idea. -Endureció el gesto-. A otros no.
– ¿De verdad tiene eso algo que ver con la princesa Gisela y la muerte de Friedrich? -interrumpió el abogado-. ¿Me está diciendo que fue un asesinato político?
– ¡De ninguna manera! ¿Cómo puede ser tan ingenuo? -espetó ella con exasperación.
De pronto, Rathbone se preguntó qué edad tendría aquella mujer. ¿Qué le había sucedido en la vida? ¿A quién había amado u odiado, qué sueños extravagantes había perseguido y alcanzado o perdido? Se movía como una mujer joven, con gracia y orgullo, como si tuviese un cuerpo ágil. No obstante, su voz no tenía el timbre de la juventud, y sus ojos poseían demasiada sabiduría, demasiada inteligencia y seguridad.
La primera respuesta que se le ocurrió era cortante, y temió parecer ofendido, así que cambió de opinión.
– El jurado será ingenuo, señora -observó, manteniendo con cuidado un rostro inexpresivo-. Explíqueme, explíquenos, al jurado y a mí, por qué la princesa, por quien el príncipe Friedrich renunció a la corona y a su país, habría matado de pronto a su marido tras doce años de matrimonio. A mí me parece que se arriesgaba a perderlo todo. ¿Cómo va a convencerme de lo contrario?
