Fuera, el gritode un cochero se elevó entre el sonido gris del tráfico.

La alegría desapareció de los ojos de la condesa.

– Retomemos el tema de la política -dijo-, pero no porque el crimen fuese político. Al contrario, fue totalmente personal. Gisela es una mujer muy materialista. Hay muy pocas mujeres que se inmiscuyan en política, ¿sabe? La mayoría tenemos demasiado en cuenta lo inmediato y somos demasiado prácticas. De todos modos, eso no es ningún crimen. -Cambió de tema-. Debo explicarle la situación política para que comprenda lo que Gisela podía perder… y lo que podía ganar. -Se enderezó un poco en la silla. Incluso el pequeño aro de la falda parecía molestarle, como si fuera una afectación de la que preferiría haber prescindido.

– ¿Le apetece un té? -Ofreció Rathbone-. Puedo pedirle a Simms que traiga un par de tazas.

– Seguro que hablaría demasiado y se me enfriaría -contestó ella-. No soporto el té frío. Pero le agradezco el ofrecimiento. Es usted muy cortés, muy correcto. Nada lo perturba. Ésa es la flema por la que tan famosos son los ingleses. Me resulta exasperante y encantador al mismo tiempo.

Rathbone se ruborizó sin querer, lo cual le disgustó.

Ella pasó el hecho por alto, aunque no cabía duda de que se había dado cuenta.

– El rey Karl no goza de buena salud -prosiguió-. Nunca la ha tenido, y francamente, todos sabemos que no vivirá más de dos o tres años, como mucho. Al haber abdicado Friedrich, le sucederá su hijo pequeño, el príncipe Waldo. Waldo no está en contra de la unificación. Cree que ofrece ciertas ventajas. Es incuestionable que oponerse a ella presenta muchos inconvenientes, como la posibilidad de una guerra que acabaríamos perdiendo. Los únicos que sin duda se beneficiarían serían los fabricantes de armas y gente de esa calaña. -Su semblante mostraba un marcado desdén.

– La princesa Gisela. -Rathbone la hizo regresar al tema.



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