
– La sopa, ya se lo he dicho.
– ¿Y a continuación de eso?
Mrs. Smith frunció el ceño.
– Fueron las cápsulas para el insomnio. Eso fue lo que me hizo pensar que sería mejor venir a verla. El médico me recetó unas cuando me rompí la pierna, aunque no me gustan esa clase de medicamentos. Tienen una cierta forma de apoderarse de una, y yo he visto demasiadas de esas cosas. Así es que nunca los tomaba, a menos que el dolor fuera bastante fuerte. Quedaba aproximadamente medio frasco y supongo que tomé seis o siete durante los seis meses. Pero el otro día, se me ocurrió tomarme una. Ya sabe cómo se hacen esas cosas. Se coge el frasco, se vuelca sobre la palma de la mano y salen un montón de cápsulas. Yo estaba mirándolas, sin pensar en nada, cuando de repente me pareció que había una diferente a las demás. Si hubiera salido esa sola, creo que no me habría dado cuenta de nada… a veces me despierto por la noche y pienso en ello. Pero al verla entre las demás, me dio la impresión de que era más grande de lo que debía ser, y que alguien la había colocado allí, mezclándola con las otras. Cogí una lupa y la observé, y pude ver perfectamente por dónde había sido cortada para abrirla y volver a ser encajada después. Eso me produjo escalofríos y me faltó tiempo para tirarla por la ventana.
– Si me permite decírselo, eso fue una solemne tontería.
– Claro que lo fue -admitió Mrs. Smith, convencida-, pero yo no me detuve a pensar. Fue como cuando se te posa una avispa en la mano y lo único que se te ocurre es darle un manotazo.
– Eso, ¿ha ocurrido hace poco?
– El lunes por la noche.
Miss Silver dejó su labor de punto, se levantó, dirigiéndose hacia la mesa y regresó con un cuaderno de notas y una carpeta de brillante forro azul. Apoyándose sobre la rodilla, escribió algo a lápiz, colocando a la cabeza de la página el nombre Smith, seguido de un signo de interrogación. Hecho esto, levantó la mirada, con la luminosa expectación de un pájaro que se mantiene en actitud de alerta frente a un gusano aceptable.
