Jim, hermano de Ethel Burkett y sobrino de Miss Silver, era un hombre de gran inteligencia y naturaleza complaciente. Dos pequeñas chaquetitas y tres pares de escarpines para bebés habían sido ya enviados a Dorothy Silver, pero ahora era indispensable duplicar el regalo. Recordó con placer que aún le quedaba buena parte de la lana para los escarpines, y que el día anterior había visto unos atractivos ovillos de color azul pálido en el departamento de lanas de Mesiter. Sería la materia prima más adecuada para confeccionar las pequeñas chaquetitas.

Dejando el resto de la carta de Ethel para más tarde, cuando pudiera leerla con más tranquilidad, abrió una de su otra sobrina, Gladys.

Como ya esperaba, contenía una serie de quejas e insinuaba que una invitación para quedarse con la «querida tía», sería para ella un modo de endulzar el lote que le había correspondido. Miss Silver tenía un corazón bondadoso, pero eso no la predisponía a sentir lástima por Gladys. Se había casado por su propia y libre voluntad. Su esposo era un hombre de lo más honesto, aunque algo torpe. No lo era tanto cuando ella decidió casarse con él. Ahora no estaba tan bien -poca gente lo estaba-. Pero Gladys, que se había casado para escapar a la necesidad de tener que ganarse la vida, consideraba una injusticia el verse obligada ahora a barrer, quitar el polvo y cocinar. Por cierto, que hacía estas tres cosas bastante mal y Miss Silver no podía dejar de sentir una gran simpatía por Andrew Robinson.

Un simple vistazo a la página, desordenadamente escrita, confirmó que la carta era lo que esperaba. Por eso la dejó a un lado, y cogió una con el matasellos de Ledbury. Conocía bien Ledshire y tenía muchos amigos allí, pero esta escritura grande y peculiar le resultaba desconocida; el papel era más grueso y caro de lo que la mayor parte de la gente podía permitirse en estos tiempos. Extendió ante sí una hoja doble y leyó:



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