«Mrs. Smith presenta sus respetos a Miss Maud Silver y comunica que estaría encantada de poder concertar una entrevista en algún momento entre las 10 a. m. y el mediodía de mañana, jueves. Ella espera estar en Londres y llamará desde su hotel para confirmar la entrevista y fijar la hora exacta.»

Miss Silver observó la hoja con interés. Su parte superior había sido recortada unos pocos centímetros, sin duda alguna para eliminar una dirección. El tipo de letra mostraba signos de apresuramiento y había dos borrones. Decidió que podría ser interesante ver a aquella Mrs. Smith y saber lo que deseaba.

Pero tenía tiempo no sólo para terminar su desayuno y leer primero la encantadora carta de Ethel, tan cálida, tan llena de detalles sobre la feliz vida familiar, sino que también podría leer, con cierto malhumorado disgusto, la de Gladys Robinson, que sólo se diferenciaba de sus numerosos esfuerzos anteriores por el hecho de que, en esta ocasión, llegaba a pedirle dinero…

«Andrew no me da lo suficiente y si lo cojo del dinero de casa, se enfada. ¡No parece darse cuenta de que necesito ropa! Y se muestra bastante desagradable si hablo con alguien del asunto. Por eso, querida tía, si tú pudieras…»

Miss Silver reunió sus cartas y los periódicos y se encaminó hacia la sala de estar de su piso. Rara vez llegaba a él, aun después de una corta ausencia sin sentir una efusión de gratitud para con lo que ella llamaba la Providencia, por haberle permitido conseguir esta modesta comodidad. Durante veinte años de su vida no había esperado otra cosa que ser institutriz en las casas de otras personas, para retirarse por fin con alguna pequeña renta que le permitiera vivir humildemente.



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