
Peter se dirigió al pasillo. La enfermera salió de detrás del mostrador y le dio caza.
—No puede ir ahí —dijo con firmeza.
Peter se volvió brevemente para mirarla.
—Tengo que verla.
La enfermera se puso frente a él.
—Se encuentra en condiciones críticas.
—Soy Peter Hobson. Soy doctor.
—Sé quién es usted, señor Hobson. También sé que no es doctor en medicina.
—Soy miembro de la Junta Directiva del North York General.
—Vale. Entonces vaya allí y métase con ellos. No va a montar ningún escándalo en mi planta.
Peter exhaló ruidosamente.
—Mire, es un asunto de vida o muerte que vea a la señorita Philo.
—Todo en la UVI es un asunto de vida o muerte, señor Hobson. La señorita Philo duerme y no permitiré que la moleste.
Peter siguió adelante.
—Llamaré a seguridad —dijo la enfermera, intentado hablar en voz baja para no alarmar a los pacientes.
Peter no volvió la vista atrás.
—Perfecto —respondió, mientras las largas piernas le llevaban con rapidez por el pasillo. La enfermera se contoneó hasta el mostrador y cogió el teléfono.
Peter encontró la 412 y entró sin llamar. Sandra estaba conectada a un ECG; no era una unidad Hobson, pero Peter no tuvo problemas para leer la pantalla. Una bolsa de solución salina colgaba de un soporte al lado de la cama.
Sandra abrió los ojos. Pareció llevarle un momento enfocar.
—¡Usted! –exclamó finalmente, con la voz ronca y frágil; los efectos del irradiador.
Peter cerró la puerta.
—Sólo tengo unos momentos. Ya han llamado a seguridad para que vengan y me saquen de aquí.
Cada palabra era una agonía para Sandra.
—Intentó… hacer que me… mataran —dijo.
—No —dijo Peter—. Le juro que no fue cosa mía.
Sandra se las arregló para lanzar un débil grito, demasiado bajo para que atravesase la puerta.
