—¡Enfermera!

Peter miró a la mujer. Cuando la conoció por primera vez, sólo unas semanas antes, era una mujer saludable de treinta y seis años, de llameante pelo rojo. Ahora el pelo se le caía a puñados, tenía la tez cetrina, y apenas podía moverse.

—No quiero ser desagradable, Sandra —dijo Peter—, pero por favor, cállese y escuche.

—¡Enfermera!

—¡Escúcheme, maldita sea! No tengo nada que ver con los asesinatos. Pero sé quien lo hizo. Y puedo darle una oportunidad para que lo atrape.

En ese momento la puerta se abrió de golpe. La enfermera rechoncha entró flanqueada a cada lado por un enorme guardia de seguridad.

—Llévenselo —dijo la enfermera.

Los guardas se adelantaron.

—Maldita sea, Sandra —dijo Peter—. Ésta es su única oportunidad. Deme cinco minutos. –Uno de los guardas agarró a Peter por el antebrazo—. Cinco minutos, ¡por amor de Dios! Es todo lo que pido.

—Vamos —dijo el guarda.

El tono de Peter era de súplica.

—Sandra, ¡dígales que quiere que me quede! –Se odió por lo que dijo a continuación, pero no pudo pensar en nada más efectivo—: Si no lo hace, morirá sin haber podido resolver los asesinatos.

—Vamos, amigo —dijo el otro guarda con voz ronca.

—¡No… espere! Sandra, ¡por favor!

—Vamos…

—¡Sandra!

Finalmente, se oyó una voz débil y baja:

—Dejen… que… se quede.

—No podemos hacerlo, señora —dijo uno de los guardas.

Sandra reunió algo de fuerza.

—Asunto policial… dejen que se quede.

Peter se liberó de la tenaza del guarda.

—Gracias —le dijo a Sandra—. Gracias.

La enfermera frunció el ceño.

—No me quedaré mucho tiempo —le dijo Peter—. Lo prometo.

Sandra se las arregló para girar ligeramente la cabeza en dirección a la enfermera.



3 из 284