
—Está… bien —dijo, de forma apagada.
La enfermera estaba furiosa. El cuadro se mantuvo durante algunos segundos, luego la mujer asintió.
—Está bien —dijo, quizá lo de asunto policial y crímenes sin resolver la habían convencido de que aquello estaba por encima de su nivel.
—Gracias —le dijo Peter, tranquilizado, a la enfermera—. Muchísimas gracias.
La enfermera frunció el ceño, giró sobre los pies y se fue, seguida inmediatamente por uno de los guardas.
El otro guarda se echó atrás, el rostro convertido en una máscara de rabia, apuntándole en todo momento con un dedo de advertencia.
Cuando estuvieron solos, Sandra dijo:
—Cuénteme…
Peter encontró una silla y se sentó a su lado.
—Primero, déjeme decirle que siento mucho, muchísimo, lo sucedido. Créame, nunca quise que usted u otra persona sufriese daños. Todo… todo esto está fuera de control.
Sandra no dijo nada.
—¿Tiene familia? ¿Hijos?
—Una hija —dijo Sandra, sorprendida.
—No lo sabía.
—Con quien ahora es mi ex —dijo ella.
—Quiero que sepa que voy a ocuparme financieramente de ella. Todo lo que necesite: ropa, coches, universidad, vacaciones en Europa, lo que sea. Lo pagaré todo. Crearé un fondo de fideicomiso.
Lo ojos de Sandra se abrieron.
—Nunca pretendí que nada de esto sucediese, y le juro que he intentado detenerlo muchísimas veces.
Peter se detuvo, pensando en cómo había comenzado todo. Otra habitación de hospital, intentando confortar a otra mujer valiente que se moría. Se repetía la historia.
—Sarkar Muhammed tenía razón: debía haber acudido a usted antes. Necesito su ayuda, Sandra. Esto tiene que parar. –Peter exhaló, preguntándose por dónde empezar. Habían pasado tantas cosas—. ¿Sabía —dijo finalmente— que es posible escanear toda la red neuronal de un cerebro humano y producir en un ordenador un duplicado exacto de la mente del sujeto?
