
El teléfono sonó en la habitación de Peter Hobson.
—Tenemos un fiambre —dijo la voz de Kofax—. ¿Te apetece?
Un fiambre. Una persona muerta. Peter intentaba habituarse a la insensibilidad de Kofax. Se restregó los ojos para despertarse.
—S-sí. –Intentó aparentar más confianza—: Por supuesto —dijo—. Seguro.
—Mamikonian va a empezar a cortar —dijo Kofax—. Tú puedes manejar el ECG. Eso te supondrá una buena parte de tus requerimientos en prácticas.
Mamikonian. El cirujano de Stanford especializado en trasplantes. Sesenta y tantos, con manos tan firmes como las de una estatua. Recogida de órganos. Jesús, sí, quería estar allí.
—¿Cuándo?
—En un par de horas —dijo Kofax—. El chico está lleno de soporte vital… mantiene la carne fresca. Mamikonian está en Mississauga; le llevará ese tiempo llegar y prepararse.
Chico, había dicho. La vida de un chico cercenada.
—¿Qué sucedió? –preguntó Peter.
—Un accidente de moto… el chico salió volando por los aires cuando un Buick le dio de lado.
Un adolescente. Peter agitó la cabeza.
—Iré —dijo.
—Quirófano 3 —dijo Kofax—. Empezamos a prepararnos en una hora. –Colgó.
Peter se apresuró a vestirse.
Se suponía que no debía hacerlo, lo sabía, pero no pudo evitarlo. De camino al quirófano, pasó por Urgencias y miró los blocs de aluminio colgados en el soporte móvil. A un tipo lo estaban cosiendo después de haber atravesado el cristal de una ventana. Otro con un brazo roto. Herida de arma blanca. Retortijones de estómago. Ah…
Enzo Bandello, diecisiete.
Accidente de moto, como había dicho Kofax.
Una enfermera se acercó en silencio hacia Peter y miró por encima de su hombro. La identificación decía Sally Cohan. Frunció el ceño.
—Pobre chico. Tengo un hermano de la misma edad. –Una pausa—. Los padres están en la capilla.
