—Me alegro de conocerte, Peter. –Siguió lavándose—. Perdona que no te dé la mano —dijo riendo—. ¿Cuál es tu papel hoy?

—Bien, para el curso se supone que tenemos que demostrar cuarenta horas de experiencia en el mundo real con tecnología médica. El profesor Kofax, es mi director de tesis, me asignó para operar el ECG hoy. –Hizo una pausa—. Si le parece a usted bien, señor.

—Está bien —dijo Mamikonian—. Mira y aprende.

—Lo haré, señor.

El contador sobre el lavabo de Peter sonó. No estaba habituado a aquello; sentía las manos en carne viva. Sostuvo las manos húmedas a la altura del pecho. Una enfermera apareció con una toalla. Peter la cogió, se secó las manos, y luego se metió en la bata estéril verde que sostenía para él.

—¿Tamaño de guante? –le preguntó ella.

—Siete.

La enfermera rompió un paquete, sacó los guantes de látex y se los puso en las manos.

Peter entró en el quirófano. Por encima, una docena de personas miraban a través del techo de cristal desde la galería de observación.

En el centro de la habitación había una mesa sobre la que descansaba el cuerpo de Enzo. Había varios tubos que entraban: tres líneas de volumen, una línea arterial para controlar la presión sanguínea, una línea venosa central metida en el corazón para vigilar el nivel de hidratación. Una joven asiática estaba sentada en un taburete, siguiendo con los ojos el monitor de volumen, el monitor de CO2 y la bomba de infusión volumétrica.

Hasta su llegada, la mujer también había estado siguiendo el osciloscopio de ECG colocado sobre la cabeza de Enzo. Peter se colocó en una posición cercana a él y ajustó el contraste de la imagen. El pulso era normal, y no había señales de daños en el músculo cardíaco.

Tuvo un escalofrío. El chico estaba legalmente muerto, y aun así tenía pulso.

—Soy Hwa —dijo la mujer asiática—. ¿Primera vez?



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