Y ahora el chico del hombre estaba muerto.

La capilla era confesionalmente neutral, pero el padre miraba a lo alto, como si pudiese ver un crucifijo en la pared, como si viese a Jesús colgando de allí. Se persignó.

Peter sabía que en algún lugar de Sudbury había una celebración. Venía un corazón; se salvaría una vida. En algún sitio había alegría.

Pero no aquí.

Siguió caminando por el corredor.

Peter llegó a la habitación de lavado. A través de una gran ventana podía ver el escenario de operaciones. La mayoría del equipo quirúrgico estaba ya en su lugar. El cuerpo de Enzo había sido dispuesto: le habían afeitado el torso, dos capas color óxido pintadas sobre él, plástico transparente sobre el campo quirúrgico.

Peter intentó mirar eso que a los otros les habían enseñado a ignorar: el rostro del donante. No estaba visible por completo; la mayor parte de la cabeza de Enzo estaba cubierta por una sábana fina, exhibiendo sólo los tubos del respirador. El equipo de trasplantes desconocía deliberadamente la identidad del donante; decía que lo hacía más fácil. Peter era probablemente el único que conocía el nombre del muchacho.

Había dos lavabos fuera del quirófano. Peter comenzó el lavado de ocho minutos, un cronómetro digital sobre el lavabo contaba el tiempo.

Después de cinco minutos, el doctor Mamikonian en persona llegó y comenzó a restregarse en el segundo lavabo. Tenía el pelo de color acero y la barbilla fina; más bien un súper-héroe envejecido que un cirujano.

—¿Tú eres…? –preguntó Mamikonian mientras se restregaba.

—Peter Hobson, señor. Soy estudiante graduado de ingeniería biomédica.

Mamikonian sonrió.



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