La demostración duró treinta minutos. Fue suficiente. Al otro día el gobierno sudafricano anunciaba que la minoría blanca gozaría de nuevo de todos sus derechos civiles.

Aparte de esos aislados incidentes, la raza humana había aceptado a los superseñores como parte del orden natural de las cosas. La conmoción inicial se desvaneció en un tiempo sorprendentemente corto, y el mundo siguió otra vez su curso. El mayor cambio que hubiese podido advertir algún nuevo Rip Van Winkle era el de una silenciosa expectación, un mental mirar sobre el hombro, como si la humanidad estuviese esperando la aparición de los superseñores, el momento en que saliesen de sus relucientes navíos.

Cinco años después aún estaba esperando. Eso, pensaba Stormgren, era la causa de todas las dificultades.


Cuando el coche de Stormgren entró en el aeropuerto ya estaban allí los habituales curiosos y las cámaras filmadoras. El secretario general cambió unas pocas palabras con su ayudante, recogió su portafolios, y atravesó la rueda de espectadores.

Karellen nunca lo hacía esperar. La multitud rompió en un — ¡oh! — de asombro y la burbuja de plata se agrandó allá en el cielo con pasmosa velocidad. Una ráfaga de aire movió las ropas de Stormgren cuando la navecilla fue a detenerse a cincuenta metros de distancia, flotando delicadamente a unos pocos centímetros del suelo, como si temiese contaminarse con la Tierra. Mientras se adelantaba lentamente, Stormgren advirtió aquellos pliegues ya familiares del inconsútil casco metálico, y enseguida apareció ante él la abertura que tanto había preocupado a los mejores hombres de ciencia. Dio un paso adelante y entró en la cámara única, débilmente iluminada. La entrada volvió a cerrarse, como si nunca hubiese estado allí, borrando los ruidos y las escenas del mundo exterior.



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