
Karellen eludió la cuestión con ese modo fastidioso en que caía algunas veces.
— Los detalles de la Federación Mundial se conocen desde hace un mes. ¿Ha aumentado sustancialmente ese siete por ciento que no está de acuerdo conmigo o ese otro indeciso doce por ciento?
— No todavía. Pero eso no tiene importancia. Lo que me preocupa es ese sentimiento, difundido aun entre nuestros partidarios, de que esta ocultación tiene que terminar.
El suspiro de Karellen fue técnicamente perfecto, pero le faltó convicción.
— Usted opina lo mismo, ¿no es así?
La pregunta era tan retórica que Stormgren no se molestó en responder.
— Me pregunto si apreciará usted realmente — continuó, muy serio — cómo complica mi tarea este estado de cosas.
A mí tampoco me ayuda mucho — dijo Karellen —. Desearía que dejaran de verme como un dictador, y recordaran que sólo soy un funcionario encargado de administrar una política colonial que no he preconizado.
Era, pensó Stormgren, una descripción bastante atractiva. Se preguntó hasta qué punto sería verdadera.
— ¿No puede, por lo menos, explicarnos de algún modo esa ocultación? No la entendemos, y nos preocupa y da origen a incesantes rumores.
Karellen emitió aquella risa rica y profunda, de una resonancia excesiva para ser realmente humana.
— ¿Qué se supone que soy ahora? ¿Todavía circula la teoría del robot? Puede que sea una masa de válvulas electrónicas y no esa especie de ciempiés… oh, sí, he visto esa caricatura del Chicago Tribune. He estado pensando en solicitar el original.
Stormgren apretó los labios. En ciertas ocasiones Karellen se tomaba sus deberes muy a la ligera.
