
Durante treinta años había creído que Konrad ya no vivía. Hacía una semana el coronel Sandmeyer, del Servicio Secreto, le había traído las últimas novedades. Sandmeyer no le gustaba, y estaba seguro de que el otro sentía lo mismo. Pero ninguno de los dos permitía que los sentimientos interfirieran en el trabajo.
— Señor Hoffmann — había comenzado a decir el coronel exhibiendo lo mejor de su cortesía profesional —, acabo de recibir algunos alarmantes informes de Washington. Es un secreto de Estado, naturalmente, pero hemos decidido comunicárselo al cuerpo de ingenieros. Así comprenderán que es necesario darse prisa. - Sandmeyer se detuvo, tratando de impresionar a Hoffmann, pero fue inútil. Hoffmann ya sabía, de algún modo, lo que iba a seguir. - Los rusos casi nos han alcanzado. Han desarrollado un propulsor atómico, quizá más eficiente que el nuestro y están construyendo una nave en las costas del lago Baikal. No sabernos hasta dónde han llegado, pero el Servicio Secreto cree que podrán lanzar la nave dentro de unos meses. Ya sabe lo que eso significa.
Si, ya lo sé, pensó Reinhold. Se ha alargado la carrera… y podemos perder.
— ¿Sabe usted quién dirige el equipo ruso? — había preguntado, sin esperar realmente una respuesta.
El coronel Sandmeyer había mostrado al sorprendido Reinhold una hoja escrita a máquina y allí, encabezando una lista, estaba el nombre: Konrad Schneider.
