
— Usted conoció muy bien a esos hombres de Peenemünde ¿no es cierto? — dijo el coronel —. Eso puede servirnos. Me gustaría que preparase usted unas notas sobre el mayor número posible de esos hombres. La especialidad de cada uno, el grado de inteligencia, y otras cosas similares. Sé que es demasiado pedir, después de tanto tiempo, pero haga lo posible.
— Konrad Schneider es el único que importa — había respondido Reinhold —. Tenía talento, los otros no eran más que ingenieros competentes. Sólo el cielo sabe la que ha hecho en treinta años. No lo olvide… Schneider conoce, probablemente, todos nuestros resultados, y nosotros no conocemos ninguno de los suyos. Eso le da una decidida ventaja.
Reinhold no había pretendido criticar el Servicio Secreto, pero durante unos instantes Sandmeyer pareció ofendido. Al fin, el coronel se encogió de hombros.
— Puede no servirles de nada, me lo ha dicho usted mismo. Nuestro intercambio de información significa progreso más rápido, aunque dejemos escapar algunos secretos. Es posible que las oficinas rusas de investigación ignoren la mayor parte del tiempo lo que hace su propia gente. Les mostraremos que la democracia puede ser la primera en llegar a la Luna.
¡La democracia! ¡Tonterías! pensó Reinhold, pero calló, prudentemente. Un Konrad Schneider valía un millón de votos. ¿Y qué no habría hecho Konrad con todos los recursos de la U.R.S.S. a su alcance? Quizá en ese mismo instante su nave se desprendía de la Tierra…
El sol que había dejado Taratua brillaba aún sobre el lago Baikal cuando Konrad Schneider y el comisario del Instituto de Ciencia Nuclear se alejaron lentamente de la plataforma donde se había probado el motor. Aún sentían una dolorosa vibración en los oídos aunque los últimos y atronadores ecos se habían perdido en el lago hacía ya diez minutos.
— ¿Por qué esa cara larga? — preguntó de pronto Grigorievitch —. Tendría que estar contento. Otro mes más y habremos iniciado el viaje mientras los yanquis estarán mordiéndose los puños.
