
Los superseñores parecieron despreocuparse de las formas de gobierno, una vez que comprobaron que no se utilizarían para oprimir o corromper a los hombres. Siguieron funcionando en la Tierra las democracias, las monarquías, las dictaduras benévolas, el comunismo y el capitalismo. Muchas almas simples, que estaban convencidas de que la suya era la única forma posible de vida, recibieron una gran sorpresa. Otros creían que Karellen estaba dejando pasar el tiempo para introducir luego un sistema que borraría todos los otros sistemas sociales, y que por la misma razón no se molestaba en hacer reformas políticas sin importancia. Pero ésta como todas las otras especulaciones sobre aquellos seres eran meras hipótesis. Nadie conocía sus motivos, y nadie sabía hacia qué futuro estaban arreando a la humanidad.
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Stormgren dormía mal aquellas noches, lo que era raro, pues pronto dejaría definitivamente sus tareas. Había servido a la humanidad durante cuarenta años, y a sus amos durante seis, y pocos hombres podían rememorar una vida en la que se hubiesen cumplido tantas ambiciones. Quizá ése era el problema: en sus días de jubilado, por muchos que fuesen, no tendría ante sí el aliciente de una meta. Desde la muerte de su mujer, Marta, y con sus hijos establecidos en sus propios hogares, sus lazos con el mundo parecían haberse debilitado. Era posible, también, que estuviese comenzando a identificarse con los superseñores, y desinteresándose así de la humanidad.
Ésta era otra de esas noches inquietas en las que el cerebro le daba vueltas como una máquina abandonada por su operario. Sabía que era inútil tratar de conciliar el sueño, y abandonó pesaroso la cama. Se puso una bata y subió a la terraza jardín que coronaba sus modestas habitaciones. Cualquiera de sus subordinados disfrutaba de una morada más amplía y lujosa, pero ésta bastaba para las necesidades de Stormgren había llegado a una posición en la que ningún bien personal, ni ninguna ceremonia, podían añadir algo a su estatura.
