Pero estos beneficios, negativos y poco espectaculares, eran olvidados tan pronto como se los aceptaba. Los superseñores seguían allá en lo alto, ocultando sus caras a la humanidad. Karellen podía obtener respeto y admiración, pero nada más profundo mientras siguiese con esa política. Era difícil no sentirse resentido contra esos dioses olímpicos que hablaban con los hombres sólo a través de las radioteletipos desde la sede de las Naciones Unidas. Lo que ocurría entre Karellen y Stormgren nunca se revelaba públicamente y a veces Stormgren mismo se preguntaba por qué el supervisor consideraba necesarias tales entrevistas. Quizá Karellen sentía la necesidad de mantenerse en contacto por lo menos con un hombre; quizá comprendía que Stormgren necesitaba esta forma de apoyo personal. Si ésta era la explicación el secretario la apreciaba de veras. No le importaba a Stormgren que la Liga de la Libertad lo llamase «el mandadero de Karellen».


Los superseñores no trataban nunca separadamente con Estados o gobiernos. Habían tomado la organización de las Naciones Unidas tal como la habían encontrado al llegar, habían dado sus instrucciones para instalar el indispensable equipo de radio, y habían comunicado sus órdenes por boca del secretario de la organización. El delegado soviético había apuntado correctamente, en largos discursos y en innumerables ocasiones, que este proceder contradecía las disposiciones de la carta. Karellen no parecía preocuparse.

Era asombroso que tantos abusos, locuras y maldades pudiesen ser borradas totalmente por esos mensajes del cielo. Con la llegada de los superseñores las naciones supieron que ya no tenían por qué temerse unas a otras, y adivinaron — aún antes que se hiciese aquella tentativa — que las armas existentes por ese entonces eran inútiles ante una civilización capaz de tender un puente estelar. De modo que el mayor y único obstáculo para la felicidad de los hombres fue prontamente anulado.



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