Sin embargo, como bien lo sabía Stormgren, su ansiedad por asistir al fin de este estado de cosas no nacía únicamente de la idea de librar a sus sucesores de algunos problemas. Era bastante honesto como para confesárselo a sí mismo. En última instancia su motivo principal era la simple curiosidad. Había llegado a admitir a Karellen como una persona, y no se sentiría satisfecho hasta descubrir qué clase de criatura era el supervisor.

Cuando a la mañana siguiente Stormgren no llegó a la hora acostumbrada, Pieter Van Ryberg se sintió sorprendido y un poco molesto. Aunque el secretario general solía hacer un cierto número de llamadas antes de llegar a su oficina, siempre dejaba dicho algo. Esta mañana, para empeorar las cosas, había habido varios mensajes urgentes para Stormgren. Van Ryberg trató de localizarlo en media docena de oficinas y al fin abandonó disgustado su búsqueda.

Al mediodía se sintió alarmado y envió un coche a casa de Stormgren. Diez minutos más tarde oyó, sobresaltado, el sonido de una sirena, y una patrulla policial apareció en la avenida Roosevelt. Las agencias noticiosas debían de tener algunos amigos en ese coche, pues mientras Van Ryberg observaba cómo se acercaba la patrulla, la voz de la radio anunciaba al mundo que Pieter Van Ryberg ya no era un simple asistente, sino secretario general interino de las Naciones Unidas.

Si Van Ryberg no hubiese tenido tantas preocupaciones hubiera podido entretenerse en estudiar las reacciones de la prensa ante la desaparición de Stormgren.



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