
La mayoría de estos ataques, aunque enunciados en voz alta, no representaban la opinión de la mayoría del pueblo. A lo largo de las fronteras, que muy pronto desaparecerían para siempre, se habían doblado las guardias; pero los soldados se miraban de reojo, con una aún inarticulada amistad. Los políticos y los generales podían gritar y enfurecerse, pero los silenciosos y expectantes millones sentían que — no demasiado pronto — iba a cerrarse un largo y sangriento capítulo de la historia.
Y ahora Stormgren se había ido, nadie sabía adónde. El tumulto cesó de pronto, como si el mundo comprendiese que había perdido al único ser mediante el cual los superseñores, por sus propios y extraños motivos, hablaban con la Tierra. Una parálisis parecía haberse apoderado de los comentaristas de la prensa y la radiotelefonía; pero en medio del silencio la voz de la Liga de la Libertad proclamaba ansiosamente su inocencia.
Stormgren despertó envuelto por unas sombras muy densas. Todavía soñoliento, no se sorprendió. Luego, al recuperar totalmente la conciencia, se incorporó de un salto, buscó la llave de la luz junto a su cama, y tocó en la oscuridad un muro de piedra, frío y desnudo. Se sintió helado de pronto, con la mente y el cuerpo paralizados por el impacto de la sorpresa. Luego, sin creer casi en sus sentidos, se arrodilló en la cama y comenzó a explorar con las puntas de los dedos esa pared inesperadamente desconocida.
