Oyó que se abría la puerta, pero no se volvió. Pieter Van Ryberg entró en la oficina. Sobrevino la inevitable pausa mientras Pieter miraba con desaprobación el termostato. Todo el mundo repetía la broma de que al secretario general le gustaba vivir en una heladera. Stormgren esperó a que su ayudante se acercase y al fin apartó los ojos de aquel familiar, pero siempre fascinante panorama.

— Se han retrasado — dijo —. Wainwright debía de estar aquí desde hace cinco minutos.

— Acabo de hablar con la policía. Lo acompaña una verdadera procesión y han desordenado el tránsito. Llegará de un momento a otro. - Van Ryberg se detuvo y luego añadió, abruptamente: — ¿Está usted todavía seguro de que es una buena idea la de verse con él?

— Temo que sea un poco tarde para arrepentirse. Al fin y al cabo me mostré de acuerdo… Aunque usted sabe que no fui yo quien tuvo esa idea.

Stormgren se había acercado al escritorio y estaba jugando con su famoso pisapapeles de uranio. No estaba nervioso, sólo indeciso. Hasta le alegraba que Wainwright llegase tarde, pues eso le daría una pequeña ventaja moral en el momento de iniciarse la conferencia. Tales trivialidades tienen más importancia en los asuntos humanos que la deseada por cualquier persona lógica y razonable.

— ¡Ahí están! — dijo de pronto Van Ryberg, apretando la cara contra la ventana — Vienen por la avenida… Son casi unos tres mil, me parece.

Stormgren recogió una libreta de notas y se unió a su ayudante. A casi un kilómetro de distancia, una pequeña, pero compacta multitud venía hacia el edificio del secretariado.



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