
La multitud había llegado ahora frente al edificio. Debían de saber que Stormgren los miraba, pues aquí y allí unos puños se elevaron en el aire. No estaban desafiándolo, aunque indudablemente querían que Stormgren viese el ademán. Como pigmeos que amenazasen a un gigante, esos puños airados se alzaban directamente contra el cielo, contra la brillante nube de plata que flotaba a cincuenta kilómetros de altura: la nave enseña de la flota de los superseñores.
Y probablemente, pensó Stormgren, Karellen observaba también la escena, y muy divertido. La reunión no se hubiera celebrado nunca sin la intervención del supervisor.
Stormgren se encontraba por primera vez con el jefe de la Liga de la Libertad. Ya no se preguntaba si eso sería prudente. Los planes del supervisor eran a veces excesivamente sutiles para el mero entendimiento humano. Por lo menos Stormgren no creía que pudiese nacer de allí mal alguno. Si se hubiese rehusado a ver a Wainwright la Liga hubiera utilizado esa actitud como un arma.
Alexander Wainwright era un hombre alto, elegante, de unos cincuenta años, totalmente honesto, y por lo mismo doblemente peligroso. Pues su obvia sinceridad hacía difícil no gustar de él, aunque uno no simpatizara con sus ideales… y con algunos de los hombres que había atraído a sus filas.
Stormgren no perdió tiempo, una vez que Van Ryberg los presentó brevemente y con cierta tirantez.
— Supongo — comenzó a decir — que el objeto principal de su visita es el de protestar formalmente contra el esquema de la federación. ¿No es así?
