– Ya sé que hace mucho calor -gritó Valerio-, pero es mejor tener la cabeza con sudor que partida por un pedrusco. No os descubráis.

Un ligero murmullo, casi imperceptible, se extendió por las filas, pero en eso quedó todo. Se encontraban en territorio hostil y tenían la suficiente experiencia como para saber que su vida pendía de un hilo sutil y quebradizo conocido bajo el nombre de disciplina. Si conseguían mantenerla, avanzarían en la larga carrera de veintiséis años que les permitiría licenciarse y convertirse en ciudadanos con algún peculio. Si en algún momento se quebraba, el prolongado camino hacia el retiro podía verse deshecho, ahogado en su propia sangre.

Valerio se detuvo para comprobar la buena marcha de su centuria. Tenía motivos para sentirse satisfecho. Sus ochenta hombres marchaban a buen ritmo, a pesar del peso del equipo. Sus caligas levantaban una nubecilla de polvo, pero ni siquiera aquella molesta circunstancia velaba el brillo que el sol arrancaba de los escudos, de los yelmos y de los pila, las temibles e incomparables jabalinas romanas.

– ¿Todo en orden?

Valerio se volvió al lugar del que procedía la voz y contempló el rostro de Grato, el centurión. Una cicatriz -que adquiría un tono púrpura cuando se irritaba- le cruzaba el rostro desde la frente al mentón partiendo en dos una barba entrecana e hirsuta. Se la debía a la espada de un bárbaro de origen germano. Pero, todo había que decirlo, el bárbaro había quedado peor. Él mismo había sido testigo de cómo, sin limpiarse la sangre que, como si fuera un torrente rojo, le salía de la herida, lo había ensartado con el pilum valiéndose de un golpe oblicuo y certero.

– Los hombres se resienten del calor -respondió Valerio.

– Cuando no hay calor, se quejan del frío -dijo el centurión sonriendo-. El caso es protestar.

– Se portan bien -defendió a sus hombres Valerio.



10 из 191