El centurión no dijo nada. Le constaba que era así. Y además en aquel caso tenía más mérito. Se movían por territorio hostil y, para remate, desconocido. Tan sólo unas semanas antes, estaban concentrados en una ciudad del imperio, dedicados a tareas propias de la paz, rodeados quizá de sus seres queridos. Entonces había llegado la noticia. Debían partir a la guerra. La nueva había provocado una verdadera conmoción. Combatir significaba abandonar a la familia, significaba regresar a las asperezas de los castra, significaba arriesgar la vida, significaba quizá no regresar y acabar yaciendo bajo suelo extraño. Sólo el sistema de las vexillationes suavizaba en parte aquellos dramas. Gracias a él, una parte de los legionarios partía a luchar, mientras que otra se quedaba en la base. La legión era trasladada, sí, pero sólo en parte. Se eximía, primero, a los más viejos, a los veteranos, a los que tenían alguna hernia o huellas de heridas que no habían sido superadas con el paso del tiempo. Luego venían -si resultaba posible, pero no siempre lo era- los que, de manera bastante irregular, habían contraído matrimonio y quizá hasta tenían hijos. De hecho, no pocos de sus hombres habían dejado en la ciudad a algún pequeño, a una esposa, a una concubina. Él, desde luego, no se había librado. Demasiado joven, soltero, sin concubina siquiera. Era consciente de que si había guerra, sería siempre de los primeros en ser enviado. Y ahora… ahora tenían que enfrentarse con los partos. ¿Quiénes eran aquellos partos? Bárbaros, sí, pero ¿qué clase de bárbaros? ¿Eran como los mauri que moraban cerca de las arenas de África y que ahora llenaban atestados pisos en Roma? ¿Eran como los germanos, altos y de largos cabellos, que se resistían a aceptar el imperium de Roma? ¿Se parecían a tantos pueblos -galos, iberos, griegos- que habían terminado aceptando que no podía existir nada mejor que ser gobernados por el emperador? Lo ignoraba y, en cualquier caso, ¿qué importaba?

– Optio, no te distraigas.



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