
– Mira por dónde, me parece que tienes razón y que vas a llegar al castra con algún hueso roto… -masticó la palabra.
– ¿Ah, sí? -respondió la prostituta llevándose las manos a las caderas con gesto desafiante-. ¿Y quién me los va a romper? ¿Tú, so eunuco?
– Te vas a enterar, lupa -gritó el hombre mientras saltaba del pescante.
– Vamos, vamos… no te pongas así. Es como es. Pero ¿te vas a enfadar con una vieja? -gritaron alarmadas las mujeres que iban en el carro.
– ¿A quién llamas tú vieja, asquerosa? -preguntó la prostituta con las venas del cuello hinchadas por la cólera. -Oye, asquerosa lo será…
– ¡Basta!
La escueta orden sonó como un trallazo en medio de la algarabía desatada por las mujeres.
– Aquí -continuó la misma voz- habéis venido a servir. ¿Os enteráis? ¡A servir!
El silencio, verdaderamente sepulcral, se extendió con la rapidez del aceite por el lino nada más sonar aquellas frases salidas de la boca de un legionario encrespado por la misión que le habían encomendado. Nada más y nada menos que la de custodiar a las lupae que debían atender los burdeles de los castra. Él, que había servido bajo el glorioso Trajano, bajo el prudente Adriano, se veía ahora reducido a la tarea de acompañar a aquellas mujerzuelas. Se trataba -¿quién hubiera podido negarlo?- de una mercancía necesaria, casi incluso indispensable, pero demasiado perecedera. El trigo, el vino, incluso el aceite aguantaban bien un viaje como aquél, pero las rameras… enfermaban, vomitaban, necesitaban orinar a cada paso, se contagiaban, morían por nada y ¿cómo sustituirlas? No sería haciendo una requisa…
De sus primeros años Rode no sabía nada. Imaginaba que, seguramente, había sido abandonada por una madre que no deseaba tener más hijos, quizá por una esclava que prefería exponer a su criatura a la muerte que a un yugo perpetuo. Ese espacio negro de los primeros tiempos comenzaba a aclararse cuando llegaba a una edad cercana a los seis o siete años.
