Meditaba en su licencia cuando los vio. No eran como los mauri, aunque su piel distaba mucho de ser clara. Tampoco se parecían a los germanos. Vestían con colores vivos y montaban en unos corceles de aspecto envidiable. Por lo que se refería a los arcos que sujetaban, eran extraños, sí, extraños era la palabra exacta para definirlos.

– ¡Centurión! -gritó Valerio mientras corría hacia su superior inmediato.

– Los he visto. Di a los hombres que se preparen. No sabemos si son hostiles.

– Llevan arcos -comentó Valerio sin apartar la vista de los jinetes y procurando que sus palabras no sonaran irrespetuosas.

– Sí, eso salta a la vista, optio. Pero no hay que precipitarse.

– ¿Sabemos dónde andan los exploradores? -se permitió indagar Valerio.

El centurión torció el gesto. Sí, resultaba extraño que no les hubieran alertado de aquella presencia. A fin de cuentas no eran buhoneros ni prostitutas, sino hombres armados y a caballo.

– Voy a informar al legado. Tú sigue atento, optio.

Fueron sus últimas palabras. Justo las que pronunció antes de que una flecha parta se hundiera en su garganta arrancándolo del mundo de los mortales.

4 RODE

El carro se detuvo con un brusco frenazo y el cuerpo de Rode se vio empujado hacia delante, casi provocando su caída.

– ¡Ten más cuidado! -chilló una prostituta gorda que estaba sentada detrás de Rode-. No vas a dejarnos un hueso sano.

– A ti seguro que no se te quiebran -respondió el conductor-. Bien envueltos los llevas en tocino.

– Será perro… -exclamó la mujer-. ¿No será que me confundes con tu madre?

El conductor volvió el rostro hacia la ramera. A juzgar por su expresión, no le había gustado la referencia a la mujer que le había dado el ser.



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