
Doblaron la esquina siguiente y se encaminaron hacia el templo. No tardó en distinguir el pequeño altar, forjado en pulido metal y situado ante sus puertas de madera. Al lado esperaban dos personas ataviadas con hábitos talares. A la más baja y rechoncha ya la conocía. Era el viejo Máximo, un pontifex amigo de su padre. El que lo flanqueaba debía de ser su asistente, un cultrarius. Dirigió la vista hacia el chivo, pero de manera discreta, por el rabillo del ojo. Con espanto, contempló cómo la bestia sacudía la testuz con un gesto rápido de su robusto pescuezo. Sólo cuando se percató de que únicamente intentaba sacudirse una de las cintas que le caían sobre los ojos respiró tranquilo. Y estuvo a punto de que la alegría le empujara el corazón fuera de la boca cuando vio cómo el animal tiraba de la cuerda que lo sujetaba para llegar cuanto antes al altar.
La distancia era ciertamente escasa, pero le resultó eterna. Temía que el chivo se arrepintiera, que se asustara, que diera la espantada. No lo hizo. Incluso se entregó a un trotecillo alegre hasta alcanzar el ara.
– Magnífico -dijo el pontifex a través de una mueca que no desmerecía de su solemnidad.
El muchacho reprimió una sonrisa de gozo al escuchar la evaluación que había hecho del chivo y, acto seguido, dirigió la mirada hacia su padre. También él estaba satisfecho, pero apretaba los labios para que su orgullo no brotara inoportunamente. Con gesto tranquilo, quizá por lo repetido a lo largo de los años, su padre tendió la cuerda que rodeaba el pescuezo del chivo al hombre que estaba al lado del pontifex. Luego giró el cuello hacia el muchacho y le hizo una seña con el mentón.
