
El frío que sintió al encontrarse nuevamente en el exterior le resultó agradable. Como si le permitiera despejarse de la atmósfera cargada de incienso de la cella. Al verle, su padre frunció los labios en un gesto de respaldo casi inadvertido, pero seguro. También captó su presencia el pontifex rechoncho que lanzó una mirada al hombre que estaba a su lado. No necesitó más para que le acercara una jarrita de oro y vertiera agua en sus manos extendidas. Contempló cómo el pontifex dejaba que el líquido purificador se extendiera para, acto seguido, frotarse las palmas y los dedos. Uno por uno. Finalmente, extendió la diestra y tomó un paño de lino blanco que le ofrecía su asistente. Se secó las manos meticulosamente, devolvió la tela al otro pontifex y extendió los dedos separados para examinarlos. Al muchacho le parecieron extraordinariamente limpios, casi traslúcidos, como si estuvieran modelados en alguna clase de alabastro claro.
Un silencio -tan sólo arañado por el tañido agudo de la flauta de caña- se extendió por todo el lugar como si el dios contemplara complacido la solemne ceremonia. Con temor reverencial, el asistente quitó de los grises cuernos del chivo las cintas de colores. Luego recorrió con la punta de un afilado cuchillo el espacio que mediaba entre la nuca del animal y la rabadilla. Fue entonces cuando el pontifex se giró hacia el templo. Lo hizo con destreza, con habilidad, incluso con gracia, lo que constituía un excelente presagio. Y entonces, una vez frente al santuario, comenzó a recitar la oración.
