A pesar de la buena disposición del animal que sería objeto del sacrificio, a pesar de que el muchacho había cumplido correctamente con su cometido en el interior de la cella, a pesar de todo lo realizado meticulosamente hasta ese momento, el éxito de toda la ceremonia pendía ahora de que el pontifex recitara la plegaria de la manera apropiada. No se trataba de que mostrara entusiasmo, alegría, ni siquiera devoción. Era una cuestión de escrupulosa exactitud. Las fórmulas pronunciadas con exactitud garantizaban la benevolencia del dios. Un error, una palabra mal dicha, un término pasado por alto invalidaban el ritual y obligaban a repetir todo desde el principio. Pero no sucedió. El pontifex cumplió con su cometido con admirable corrección y, acto seguido, miró al muchacho.

-Agone? [1] -preguntó solicitando la aquiescencia del oferente.

-Agi [2] -respondió el joven.

El pontifex tendió la mano hacia el asistente, que depositó en ella un martillo de medianas dimensiones. De manera rápida, segura, experimentada, descargó un golpe seco y contundente sobre la cabeza del chivo. Las rodillas del animal se doblaron, pero sin que se produjera su caída. En realidad, hubiérase dicho que no sentía dolor, que no padecía, que la bestezuela tan sólo se entregaba a una suave genuflexión en honor del poderoso dios.

El cultrarius alzó con gesto firme la cabeza del cuadrúpedo como correspondía a una víctima ofrecida a un dios que moraba en el cielo. Luego, con un rápido movimiento, degolló el chivo. La sangre, tan caliente que de ella se desprendía vaho, cayó sobre un lebrillo limpio, mientras el animalillo cerraba los ojos como si su cuerpo se viera poseído no por la muerte, sino por una dulce somnolencia. Fueron precisos tres recipientes como aquél para contener el líquido rojizo que brotaba sin pausa del cuello seccionado del chivo.



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