Desde luego, en otra época las calles de Roma habían sido sólo romanas. Incluso la gente de la península italiana había tenido problemas para acceder a aquellas colinas y quedarse, más o menos oculta, en alguna de sus oscuras callejuelas. Claro que de eso hacía mucho tiempo. Todo había empezado a cambiar con el gran César -Cayo Julio César-, el que había dado su nombre a la dinastía que ahora reinaba en Roma. Arnufis reprimió una sonrisa amarga. Reinaba. No, según los romanos, no reinaba. Ellos -decían rebosantes de soberbia- no tenían reyes. Tenían una república. Ganas de engañarse. La república había muerto incluso antes de que Julio César cayera acribillado a puñaladas. Y lo que ahora tenían… era puro despotismo. La prueba era que los césares eran dioses. Bueno, es verdad que en Roma tardaban un tiempo en convertirse en tales, pero en Oriente, en su Egipto, eran desde el momento mismo de la coronación dioses y faraones. No estaba mal para alguien que, supuestamente, no era ni rey.

El criado apartó de un manotazo a un transeúnte de piel oscura. Bien hecho. En esta vida -y nadie podía asegurar que existiera otra- había que ir apartando a los que se interponían con energía, con seguridad y, sobre antes. Siquiera porque mientras discutía la tarifa había dejado de agitar el incensario y aquella agobiante peste romana había vuelto a sofocarlo.

El esclavo desanduvo la distancia que lo separaba de su señor de una carrerita.

– Kyrie, he llegado a un acuerdo -dijo ocultando apenas una sonrisa-. El mejor. El mejor, no me cabe duda.

Arnufis no dijo nada. Se limitó a alzar todavía más el empinado mentón y a encaminarse hacia la litera. Se acomodó en el vehículo como pudo. Era algo más ancho que los que podían encontrarse en las calles de Heliópolis o de Alejandría, eso era cierto. Sin embargo… ¡Ah! Vaya tirón para comenzar a caminar.

Los esclavos que llevaban el vehículo demostraron una prodigiosa habilidad para moverse en medio de la muchedumbre.



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