
2 ARNUFIS
El pasajero reprimió a duras penas una sensación de asco que le descendió pesada desde las ventanas de la nariz hasta la boca del estómago. Desde luego, el olor casi tangible del puerto de Ostia difícilmente podía resultar más fétido. Los cuerpos sudorosos, hacinados y sucios, que se arremolinaban en el muelle como si se tratara de un hormiguero humano, despedían los hedores más diversos. A cual más repugnante, por supuesto.
– ¡Por Isis! -escuchó que musitaba su criado-. ¡Qué peste! Habrá que hacer algo para remediarlo.
Sí, se dijo el pasajero, algo había que hacer si no quería morir por aquel tufo asfixiante.
– ¿Y a qué esperas? -exclamó con tono desabrido.
El sirviente dio un respingo como si hubiera visto un áspid letal surcando su camino.
– Sí, mi señor Arnufis -balbució mientras sacaba de su bolsa un pequeño incensario de metal y procedía a encenderlo-. Inmediatamente, mi señor, inmediatamente.
Por un instante, no pareció que se produjera ningún cambio. Pero entonces el siervo agitó el incensario y una nube gris esparció un olor dulzón y penetrante.
– Dejad paso a mi señor Arnufis -entonó con una voz bronca y solemne el siervo-. Dejad paso.
Gritaba en griego y a buen seguro que se trataba de una lengua ignorada por la mayoría, pero la manera en que la pronunciaba resultaba convincente. Terroríficamente convincente. A pesar de todo, no fue la advertencia enérgica, sino el movimiento pendular del incensario arrojando humo y algunas chispas el que consiguió que los transeúntes se apartaran ante el esclavo y su amo. A fin de cuentas, y por mucho que fuera ataviado con un impecable lino blanco y precedido por un ceremonioso esclavo, el anunciado Arnufis no pasaba de ser un extranjero. En suma, se trataba de un tipo de semoviente que no escaseaba en Roma. El egipcio sonrió al pensar en esa circunstancia.
