Durante años después, creí, a pie juntillas, que mi absoluta confianza en don Juan y en don Genaro fue lo que inexplicablemente me hizo sobrevivir. Hasta llegué a creer que el sobrepasar mi pánico racional, al enfrentar mi inevitable aniquilación, fue lo que me salvó. Ahora sé que no fue así. Sé que el secreto estaba en las enseñanzas para el lado izquierdo, y que impartir esas enseñanzas implicó tremenda disciplina y perseverancia de parte de don Juan, don Genaro y sus otros compañeros.

Me ha tomado casi diez años recordar exactamente lo que ocurrió en las enseñanzas para el lado izquierdo. Ahora sé qué fue lo que me hizo estar tan dispuesto a realizar un acto de tal magnitud: precipitarme a un abismo.

En sus enseñanzas para el lado izquierdo, don Juan dejó entrever lo que él, don Genaro y sus otros compañeros realmente eran y lo que hacían conmigo. No me enseñaban brujería, ni encantamientos, me enseñaban las tres partes de un antiquísimo conocimiento que poseían; ellos llamaban a esas tres partes el estar conciente de ser, el acecho y el intento. Y no eran brujos; eran videntes. Y don Juan no sólo era vidente sino que también era un nagual.

En sus enseñanzas para el lado derecho, don Juan ya me había explicado muchas cosas acerca del nagual y acerca de los videntes. Entendí que ser vidente era la capacidad que tienen los seres humanos de ampliar su campo de percepción hasta el punto de poder aquilatar no sólo las apariencias externas sino la esencia de todo. Entre otras cosas, me había explicado que los videntes ven al hombre como un campo de energía, algo parecido a una bola de luz, o lo que él llamaba un huevo luminoso. Decía que por lo general esos campos de energía están divididos en dos secciones, y que la excepción a esta regla son los hombres y mujeres que tienen sus campos de energía divididos en tres o cuatro partes. Debido a ello, esas personas son más fuertes y adaptables que el hombre común y corriente, y por lo tanto, pueden convertirse en naguales al volverse videntes.



2 из 286